VOLVER A DIARIO A LA CASA DEL PADRE

VOLVER A DIARIO A LA CASA DEL PADRE

San Josemaría Escrivá de Balaguer, expresa que la vida del cristiano es volver a diario a la casa del Padre.  Comunica, que hemos de caminar con una nueva vida recordando las palabras de San Pablo que dirige a los de Éfeso: in novitate vitae ambulemus. Y no sólo a los de Éfeso, sino a todos nosotros, nos dice que hemos de caminar con una nueva vida. Para que no haya duda escribe a los Romanos: induimini Dominum Nostrum Iesum Christum; revestirnos de Nuestro Señor Jesucristo.

Y ciertamente, la vida del cristiano es esto: vestirse y volverse a vestir de un traje y otro, cada vez más limpio, cada vez más bello, cada vez más lleno de virtudes que agraden al Señor, lleno de vencimientos, de pequeños sacrificios, de amor. La vida del cristiano es comenzar y recomenzar. La vida del cristiano es vivir la parábola del hijo pródigo. Y cada día decirle al Señor, ¡quiero esa vida!

San Josemaría trae a la memoria la parábola del Hijo pródigo, una parábola que es simplemente hermosa. Cuando meditamos en ella en el Evangelio de Lucas (Lc 15,11-32), el evangelista describe perfectamente la actitud y el mensaje de Jesús sobre la solicitud de Dios hacia los hombres que se hallan en un aprieto: el Padre espera ansioso el retorno de su hijo menor, aún y cuando  gastara su herencia en una vida disoluta, contraria a todo lo bueno.

Es la gran necesidad, las grandes carencias, que le obliga al hijo menor a volver a casa y el Padre generosamente ya le está aguardando. El Padre no menciona al pasado, no lo recrea, simplemente festeja su regreso con gran alegría, con gran regocijo, con gran júbilo. En realidad, la parábola nos sitúa en el gran regalo de Jesucristo: la misericordia divina, la cual siempre anticipa todo arrepentimiento: porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lc 15,24). El Padre tiene un gran motivo para justificar una celebración.

Los aprietos, los apuros siempre están presentes en la vida, esas situaciones comprometidas que no se saben resolver o superar, o en la que no se sabe cómo reaccionar o actuar; pero eso no significa que la vida tenga que ser así, un camino continuo de aprietos en un mundo donde es fácil resbalar, malgastar lo que se nos ha dado, los dones en nuestra vida.

La vida no es así, apartemos ese pensamiento de nuestra vida, y sepamos reconocer cuando uno se halla en un apuro o aprieto. Siempre es momento para volver a casa, con nuestro Padre que nos recibe con perdón y una esperanza nueva. 

Dios, nuestro Padre nos espera, como el padre de la parábola, con los brazos extendidos aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Sólo hace falta que abramos el corazón, como el hijo pródigo, que tengamos un sentimiento de añoranza del hogar de nuestro Padre.

Es Jesús quién nos revela la misericordia infinita de Dios por los hombres, para mostrar lo que Dios siente por nosotros, que perdona nuestros pecados para ofrecernos continuamente una vida nueva, una vida de mucha felicidad. Volvamos a su casa, acudamos y seamos como Él, tan misericordiosos con los demás como lo es Él con nosotros.

 

Razonando nuestra fe

Emmanuel Sherwell Cabello