Padre Juan Luna Flores

Padre Juan Luna Flores

“Sacerdote entregado a las cosas de Dios”

 

Corría el año de 1928, el país vivía en plena efervescencia de la Guerra Cristera, en el corazón de la ciudad de León, muy cerca del templo del “Mezquitito”, la familia Luna Flores se vió bendecida por el nacimiento del pequeño Juan, el 3 de junio de ese año.

La familia Luna Flores tuvo 2 hijos y 2 hijas, desde muy pequeño Juan mostró inclinación por el sacerdocio e ingresó al Seminario de León. Fue ordenado sacerdote por Don Manuel Martín del Campo el 5 de octubre de 1952.

Sirvió 2 años en Dolores Hidalgo, después pasó a León al templo de Lourdes con el Padre Lira, posteriormente fue asignado al Templo del “Mezquitito”, que después se convirtió en parroquia. Toda su vida sacerdotal la pasó en este templo a partir de ese momento.

Disfrutaba especialmente llevar la palabra de Dios a las fábricas, a los catecúmenos, mucha gente le mostraba su aprecio y respeto por la humildad y dedicación que mostraba al ejercicio de su ministerio sacerdotal.

Fue confesor y amigo del Obispo Juan Frausto y de muchos otros sacerdotes de la Arquidiócesis. Junto con su hermana Raquel en 1969 viajaron a Colombia para traer la reproducción del Señor de los Milagros. Este santo Cristo fue depositado en una pequeña capilla en la Colonia Anaya, en agradecimiento por la curación milagrosa del cáncer que padecía el papá del Padre Luna. Posteriormente, la devoción al Señor de los Milagros motivó la construcción del Santuario que concretó Don Juan Frausto durante el tiempo que fue párroco de la comunidad.

El Padre Luna se distinguió por su entrega incondicional, discreta y humilde a su ministerio. Además de su trabajo en las fábricas visitaba los panteones para brindar consuelo a los dolientes. El Padre José Valadez Pacheco, su párroco en el “Mezquitito” comenta: “Fue un hombre siempre obediente. A pesar de su edad siempre estaba dispuesto a hacer lo que le pedían… murió en la raya, todavía ayer vino a confesar, a cumplir con sus obligaciones. A pesar de su enfermedad nunca dijo ‘hoy no puedo’. Ciertamente le voy a extrañar, era mi brazo derecho. Siempre estaba dispuesto a colaborar. Sacerdote entregado a las cosas de Dios. A pesar de su vejez era admirable como iba de un lado para otro, en los panteones, en el Señor de los Milagros, hoy hablaron para preguntar por él de una fábrica… ¡muy entregado!”

 

José de Jesús Fuentes / Semanario Gaudium