LA MATERNIDAD DE MARÍA

LA MATERNIDAD DE MARÍA

La Iglesia a lo largo de la historia, ha reconocido en María, a la madre de Dios y también, madre nuestra. Quien acude a Ella, podrá experimentar la grandeza de la madre que está atenta a la necesidad de sus hijos.

Desde el principio le fue anunciado a María y sabía que el Hijo, es el Hijo de Dios. Quizás al principio sólo lo intuía, tal vez de forma confusa, pero sabe que esta maternidad que recibió viene directamente del poder de Dios, del Espíritu Santo, es una maternidad mesiánica, sobrenatural, que afectó toda su persona y ha acaparado su vida entera. Y más aún, toda su vida, desde el momento del anuncio de su maternidad puso toda su vida a disposición de Dios, de su Plan de Salvación.

Su maternidad, es el resultado de una inhabitación divina que la hace ser real, personal y sobrenaturalmente Madre del Hijo de Dios, según la naturaleza humana asumida en ella y de ella. María, por obra de Dios ha hecho que el Verbo se haga hombre, nazca como hombre y viva como hombre para toda la eternidad. En su espíritu, vive realmente como Madre del Hijo de Dios. Ella está vinculada perfectamente a Jesús por la fuerza de su maternidad. Está asociada al Padre en esa misma maternidad, ya que él la eligió para ser la Madre del Hijo. Está santificada por el Espíritu Santo para amar maternalmente a su Hijo, Jesús como Hijo de Dios. Así es su maternidad.

La maternidad de María, es una relación personal entre la Madre y el Hijo, no es sólo un vínculo biológico, por muy estrecho que se quiera pensar. Es ante todo, una relación personal, espiritual, que la une con este Hijo que ha salido de sus entrañas y es personalmente el Hijo, es Jesús, el Hijo de Dios. Desde lo más hondo de su corazón es ella la Madre, vive en una referencia maternal con este Hijo al que ama con la plenitud y la totalidad de una verdadera adoración.

Su maternidad, es un modo singular de vivir para Dios en su Hijo y con su Hijo. Es una gracia y una santificación arraigadas en lo más profundo en su ser de mujer y de madre. Su maternidad se hace adoración y la adoración es para ella tan natural y tan profunda como su amor de Madre, y es que es la Madre de su Dios y nuestro Dios.

Adora a su Hijo mientras lo lleva en su vientre, adora a su Hijo, mientras lo está amamantando. Está tan cerca del misterio de Dios como las madres están cerca del corazón de sus hijos. Su maternidad divina es una gracia de santificación ilimitada, connatural, arraigada para siempre en la entraña de la humanidad. El Verbo del Padre por el Espíritu Santo, está sustancialmente presente y viviente en su seno virginal, seno de mujer, hecho hombre para siempre, está vinculado filialmente a Ella.